No te pusiste los zapatos antes de marcharte,
ni cogiste el abrigo aunque afuera
la nieve fuese un manto que cubría la ciudad.
No hubo ni un amanecer,
ni las miradas que esconden
un café caliente a la mañana siguiente.
No dejaste parte de tu ADN en las sábanas,
ni hubo tiempo de espantar juntos
vuestros respectivos miedos.
No hubo un después,
ni un nos llamaremos,
ni un beso de nos vemos.
No hubo nada de eso,
porque hace años atrás,
cuando el mundo
no dolía tanto
y la esperanza era una oportunidad,
en aquel andén del metro,
antes de que llegase el vagón
que os llevase a destinos diferentes,
se cruzaron miradas, sonrisas,
futuros posibles por compartir,
pero ninguno de los dos
se atrevió a decir nada.