Recibió un mensaje: “ Estoy en tu ciudad. ¿Dónde vives?”.
Tejiéndose así la sorpresa
rompiendo lo cotidiano,
encendiendo la llama de lo impredecible,
cada latido, un golpe de emoción.
Tan cerca de ese momento,
tan cerca de acariciar el deseo,
de conocerla en persona,
de que dialoguen, esta vez,
a través de la mirada.
De invitarla, por fin,
a una copa de vino,
sentados uno frente al otro,
del roce inevitable,
de esa primera caricia sin querer,
pero queriendo,
de sacarle una sonrisa,
y caer bajo su hechizo conciliador,
el camino hacia un lugar mejor.
De despertarse de la siesta,
abrir la tapa del móvil,
no encontrar ningún mensaje,
cerrar los ojos de nuevo
para habitar ese plano
donde recibió un mensaje:
“Estoy en tu ciudad. ¿Dónde vives?”
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