Descubrimos números escritos en los muros de las ciudades,
descorchamos botellas creyendo que habíamos
descifrado las dudas que hacían de soga.
En cuerpos infantiles nos fuimos a jugar a los parques;
en ese juego llamado escondite, esta vez eran los fantasmas
los que se ocultaban, llenos de miedo, para que no los
descubriesen y no ser asustados.
Regamos lo que creíamos perdido,
sembramos nuevas semillas
y, por un instante infinito,
nos sentimos nosotros mismos.
Florecieron brotes que invitaban
a un mundo mejor;
dejamos de ser esclavos de la gravedad,
nos dimos permiso para volver a ilusionarnos.
Pero fue todo un espejismo:
volvimos a caer en su trampa,
volvimos a beber de su veneno;
volvieron las dudas y, por lo tanto la soga.
Aquí nos tienen de nuevo,
rodando como cobayas dentro de su rueda,
creyendo que avanzamos como posible escapatoria
creyendo recordar lo que es sentirse libre
justo en el instante
en que nos falta el aire.
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