Tal vez pensabas en París,
o en perderos juntos
entre las avenidas interminables de Tokio.
O en descubrir a qué huele el cielo de Buenos Aires,
compartiendo un cigarrilo junto al Obelisco,
dibujando un diálogo al ritmo de Gardel.
Quizás imaginar el Adriático con aires balcánicos,
o refugiaros del frío
de lo que alguna vez fue Leningrado.
Te lo dijo en una cafetería pegada al Mediterráneo:
que cualquier ciudad puede encontrarse
removiendo una cucharilla sobre el café.
Y ahí, sin importar destinos, nombres o mapas,
la única geografía que empezó a importarte
fue la suya.
La única literatura que querías escuchar
era la que nacía de sus palabras.
Te dejaste vestir por lo que te decía.
Te dejaste seducir por la belleza
con la que te trataba.
Le dejaste que construyese castillos de arena
por la delicadeza que te mostraba.
Hasta que un día no apareció.
Se fue sin despedirse,
cansado, triste,
porque nunca le preguntaste:
“¿Cómo te sientes hoy?”.
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