En el calendario de la cocina quedan
preguntas escritas con rotulador negro:
“¿Por qué el hombre se cree sus propias mentiras?”
Nada más entrar al restaurante
se sienta con su soledad, la invita a comer.
Piden lo mismo, comparten el mismo plato,
como si el gesto pudiera salvar algo.
Él sigue sin entender cómo un balón
cruzando una portería basta para que
todo un país caiga rendido
a una alegría artificial.
La sumisión es la prueba:
hay demasiado idiota ahí afuera.
Teme sentirse amado,
por si los futuros besos son artificio,
por si mujeres y hombres terminan
convertidos en máquinas que imitan afecto.
¿Qué sera de la humanidad?
Y aun así quiere volver a sentirse amado.
Por eso no puede dejar de pensar en ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario