Vivía en los tejados,
huyendo del recuerdo de aquel día fatídico,
de los mares de plástico
que cubren el asfalto,
de los alquileres imposibles,
de la plaga de langostas
que devora el estado del bienestar.
Vivía en los tejados:
aprendió el idioma de los gatos,
a cazar a los hombres cucaracha
y a los hombres rata.
Maulló su nombre, le dedicó una canción
para que el olvidó no volviera
a jugarle una mala pasada.
Se mudó a los tejados
y se hizo funambulista
del dolor y la rabia contenida.
Aquel día en que la metástasis
derivó en un final cruel e inevitable,
campos de cebollas inundaron sus ojos
y supo que jamas volvería
a celebrar el primer domingo de mayo.
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