Pies desnudos en la orilla de un mar
que horas antes descansaban
en un taburete de la barra de un club de jazz,
donde los dejó deslizarse al ritmo de una trompeta
que llevaba una percusión a cuestas
y un ángel de la guarda que le miraba
desde un plano inclinado,
como hacía años que nadie le miraba.
Antes caminaron sin rumbo
por la noche de una ciudad que despertaba
a una vida diferente de la del día,
donde la eternidad quizá podía
aparecer en cada esquina,
o eso quería pensar él
a cambio de la marca de un mordisco,
ahí donde te sujetan a unas leyes
que ya no te dejan
volver a ver el sol.
Y acabaron en la orilla de un mar
cuando aquel ángel de la guarda
le robo un beso y le dijo:
“Si quieres vivir la vida, sígueme.
Déjame amarte en el mar
hasta que nos devuelva
todo lo que hemos perdido”.
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