Me contó que el tablero
simulaba una ciudad
de esas que los guiris colonizan,
donde la humedad extrema
se instala como huésped permanente.
Me contó que el azar
le obligó a repetir una casilla
una y otra vez, una y otra vez,
donde ella jamás aceptaba
ser comensal junto a él
a la hora de comer.
También me contó
que le tocó una tarjeta
según la cual, si ella quedaba
a solas con él,
le brotaban sarpullidos,
y la incomodidad se le hacía piel.
Luego me dijo que,
cuando la partida parecía suya,
sacaba su encanto, sus buenas formas,
su elegancia
y él claudicaba ante ello.
Me pregunta:
¿Qué hacer cuando has jugado un juego
y días después de terminar la partida
te sientes dolido, con ganas
de verter lágrimas de impotencia,
de estallar como una tormenta
con sus truenos y relámpagos?
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