Decían que éramos los elegidos.
Jamás imaginamos que aquel “obsequio”
nos llevaría a ser materia de experimento,
cobayas de laboratorio.
Nadie nos dijo el dolor que vendría:
el exilio forzado,
arrancarnos partes de nosotros,
despellejarnos sin anestesia,
triturarnos hasta destrozarnos por dentro,
obligarnos a olvidar lo que fuimos,
a no reconocernos en los espejos.
Nadie nos dijo que ser los elegidos
significaba el encierro,
perder el sentido de la razón,
ser prisioneros del paso del tiempo,
habitar en un lugar sin amaneceres.
Nadie nos dijo que en la última etapa
seríamos placer sin sentir el placer,
lujo sin tocar el lujo,
y que el día de nuestra muerte
llegaría porque dos amantes
celebraban su amor
bebiendo nuestra esencia transmutada.
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